El gran valor de lo que parece perdido

«Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido».

Valioso aquel sabio dicho: «No sabes lo que tienes hasta que lo ves perdido». Pero mucho más valioso podría ser saber lo que uno tiene «practicando» mediante la simulación de la pérdida, valorar por parecer perdido. Eso estoy sintiendo en el «sacrificio programado» de esta Cuaresma.

Medio violento el ayuno del miércoles de ceniza pasado y casi de inmediato el de este viernes. Dos días de tres, el 66 % del tiempo.  He ayunado por casi 21 horas cada vez, y de lo que más trabajo me ha costado es mi exquisitisisisisísimo café que suelo tomar como lo primero del día, temprano, recién molido y hecho por mí, sin acidez ninguna y con un aroma espectacular y rodeado de gran silencio. Concentrado tomando mi café.

No disfruté de esa costumbre ni el miércoles pasado ni hoy.

¡Cómo lo extraño (y casi escribo «cómo lo necesito»)!

Cuando ya podría romper el ayuno, aunque con hambre, lo primero que quería tomar, y así lo hice, fue mi café.

¡Cuantísimo más lo disfruté! Recuerdo perfecto que hasta una lagrimita de placer se me quería salir. Y no exagero.

Disfruté ese café más que ningún otro, ninguno de todos los demás días. ¿Por qué tanto así?

Porque parecía perdido.

No te digo que no sabría qué hacer si no tuviera mi café, que empezaría como loco a buscarlo casi como desquiciado. Pero creo que me entiendes la idea que quiero comunicar. 

Qué valioso «el ejercicio cuaresmal» de privarte de algo, como si lo hubieras perdido. Valoras más. Mucho más.

¡Y agradeces muchísimo más al poder volver a tener eso que parecía perdido!

Yo, hoy, en el primer sorbo, en mi mente claramente dije con gran volumen en mi interior: «¡Gracias Dios mío! Gracias por permitirme este pequeño placer que lo percibo tan grande. Gracias, gracias, gracias». Y así, casi en cada sorbo de los primeros. 

Y cuando empecé a comer, mi gratitud se incrementó mucho más. En cada bocado me quedo pensando, agradeciendo, a toda la cadena de personas y eventos que tuvieron que suceder para que ese alimento llegara a mi casa, a mi mesa y a mi boca «tan fácil». De verdad, no puede uno dejar de agradecer y agradecer.

Sí, se valora más lo que no se tiene y alguna vez se tuvo. ¡Qué gran ejercicio cuaresmal!

Te lo recomiendo. Muchas veces necesitamos un recordatorio como lección para re-aprender a valorar. 

Un café, una persona, nuestra vida.

Todo puede desaparecer. Y, de hecho, así sucederá. 

¡Cuánto agradecer por lo que se tiene hoy y damos por sentado!

Nada está por sentado.

Nada.

Alejandro Ariza Zárate.


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