«Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día mires atrás y te des cuenta de que eran las grandes». —Robert Brault.

Los humanos somos deseo en movimiento. No dejamos de anhelar. Estamos siempre queriendo algo, buscando algo, esperando algo. Ese “algo” no es, en el fondo, más que placer. Eso es normal. Deseamos lo que nos agrada, procuramos lo que nos reconforta. Y ese deseo de placer se convierte en la brújula secreta de nuestros días, aunque no siempre lo sepamos. Pero así funcionamos.
Caminamos tras el placer, trabajamos por él, soñamos con alcanzarlo. Es una promesa que nos mueve. Así trabajamos. A menudo, imaginamos que dicho placer ha de estar encerrado en algo de proporciones equivalentes: una gran experiencia, un suceso extraordinario, un logro ruidoso, el gran viaje, el automóvil de superlujo o la joya carísima.
Y no es así necesariamente.
Con el tiempo, y quizá con los años, uno empieza a descubrir que muchas de las experiencias que verdaderamente dejan huella no son las más vistosas, ni las más costosas, ni las más grandilocuentes. A veces, lo más profundo, lo más placentero… cabe en un sorbo. Verás por qué te lo digo.
Existe una paradoja sutil en esto: el gran placer puede estar contenido, escondido, en una muy pequeña experiencia. Tan pequeña, que pasaría desapercibida si no se le pone atención. Incluso, tan sencilla, que muchos la confundirían con algo rutinario. Tan sutil, que no se deja ver si uno va muy deprisa.
Soy, lo confieso con gusto, un gran amante del buen café. Cualquiera que me conozca bien, lo sabe. Pero no del café como bebida solamente, sino del ritual, del instante, de la ceremonia personal que implica su preparación y disfrute. Afortunadamente —y esto lo digo también con orgullo— es lo primero que experimento al comenzar el día. Es, para mí, el verdadero inicio.
Si hay algo de lo que me siento profundamente orgulloso en la vida que he construido, es el haberla diseñado conscientemente. Por ejemplo, el diseño de mis mañanas. En ese diseño, lo prioritario es algo que para muchos parece un lujo: una mañana muy, muy tranquila. El no correr. El no tener prisa. El poder despertar cuando mi cuerpo así lo decide, bajar lentamente por las escaleras, entrar a mi cocina, a veces aún en penumbra, y sumergirme en el silencio casi sagrado que me rodea.
Ese silencio es mi aliado. Me envuelve mientras comienzo a preparar mi café. Y no cualquier café. Una molienda gruesa, cuidadosamente elegida, traída desde Sumatra, preparada en prensa francesa. Ese método que permite extraer del grano su alma, su esencia aceitosa, esa que le confiere su carácter más intenso. Me gusta que mi café tenga cuerpo, que tenga aroma, que tenga vida —esa que voy necesitando yo a esa hora—. Y en esos momentos matutinos, todo conspira para que así sea. Me he procurado que así sea.
Hace unos días, al disfrutar este ritual, me detuve a observar algo, una gran lección de vida que me sorprendió por su simpleza y profundidad:
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