
Mi estimada lectora, mi estimado lector:
¡Hola!
Te platico que vengo apenas regresando de un maravilloso viaje que me di de vacaciones, por eso no recibiste el acostumbrado capítulo nuevo de mi libro el domingo pasado ni un artículo nuevo abierto para todo el público el día 1 de mes. Éste último es el que ahora lees. Regreso de mi viaje con esa mezcla deliciosa de cansancio y plenitud que solo dejan los días dedicados al gozo permanente. Todavía traigo en la piel las caricias del sol citadino por el espectacular clima que me tocó, la memoria de las vistas, el gran nivel de las experiencias, y en el corazón un eco intenso de gratitud. Anoche, apenas crucé la puerta de casa, me encontré con lo de siempre, lo que le caracteriza a mi hogar: benditos paz y silencio. Hoy amaneciendo, la rutina me esperaba con su lista de pendientes, entre ellos, revisar mi correo que no abrí por una semana. Por cierto, esto fue parte de la maravilla. Porque, ¿sabes?, unas vacaciones verdaderas deben ser un cambio total de hábitos y conductas. Eso es lo único que te permite poder dejar atrás y vivir un cambio. No escribí nada, no porté reloj, no revisé redes sociales, no vi correos, no había manera de que notificaciones llegaran a mí, no vi pacientes, no dicté conferencias. Una vida, realmente distinta. Y ya te digo, hace rato, antes de dejarme atrapar por cientos de correos, abrí uno cuyo título me llamó la atención. Y ahí estaba, otra vez, lo que sentí como un divino mensaje casi personalizado.
Siempre he dicho que desde otras dimensiones se usa el correo electrónico como vía de comunicación. La energía (bits y bytes) fluyen muy bien de la mente de seres ascendidos a una computadora donde tú y yo podemos recibir su comunicación. En esto creo desde hace muchos años. ¡Y cómo no creerlo cuando la sincronía golpea con agradabilísima sorpresa!
Al abrir el correo se trataba de un breve mensaje. Un texto sencillo, pero de esos que parecen escritos especialmente para ti. Lo leí y sonreí sintiendo una caricia en mi alma. No era casualidad. Nunca lo es. Hay palabras que llegan como si vinieran de “allá arriba, del más allá”, enviadas justo a tiempo para recordarnos lo que necesitamos escuchar.
El joven autor del correo contaba la historia que, a su vez, a él le llegó: una de un yate de superlujo que la gente muy rica suele rentar. En el rincón más privilegiado de la cubierta —ese lugar donde te tumbas y te dejas abrazar por el mar y el sol— hay un letrero que la compañía de los yates puso y que dice: “Don’t judge your pleasures”. No juzgues tus placeres. Esa frase, ahí, precisamente ahí, en el momento de un gran placer.
Me detuve en la frase. Porque tiene razón. Hasta en medio del lujo más evidente, de la experiencia más exquisita, aparece la duda: ¿habrá valido la pena gastar tanto? ¿No debería haber usado ese dinero en otra cosa? ¿No me arrepentiré después por haber gastado tanto en esto? ¿Era necesario? ¿Lo merezco? Esa vocecita siempre está ahí, saboteando lo que debería ser disfrute puro a la mera hora del disfrute mismo.
Por eso la empresa de los yates deja ese recordatorio ahí. Porque saben que el verdadero enemigo del placer no es el precio, ni siquiera el tiempo: es la culpa.
Al leerlo, no pude evitar pensar en mí mismo, apenas regresando de mi propio viaje (uno de los mejores y más espectaculares de mi vida… y mira que hecho cientos y cientos). Hubo momentos en que me descubrí exactamente en esa situación: disfrutando, sí, pero con la mente colándose para interrumpir la fiesta. “¿No deberías ahorrarte ese gasto?”, “¿De verdad te vas a gastar esa cantidad de dinero en eso?”. Y justo hoy, como respuesta clara y luminosa, llegó esa frase: “No juzgues tus placeres”.
Me conmovió la sincronía. Porque, ¿qué otra cosa son estas «coincidencias» sino mensajes disfrazados? Señales que nos llegan para evitar que la culpa se robe lo que ya es nuestro. En mi interior sentí que no era simple casualidad: era un guiño de Dios. Como si me dijera: “Hijo, yo te regalé la vida para que la disfrutes, no para que la padezcas”.
Nos cuesta tanto creer eso.
Hemos aprendido a pensar que la existencia es un examen constante, que debemos esforzarnos, sufrir, pagar cuotas invisibles para merecer vacaciones (si es que no mejor evitarlas por pensar en el futuro). Pero no. Debemos aprender una nueva conciencia: la vida no es una penitencia. La vida es don, es regalo. Y los regalos no se pagan ni se justifican: se reciben para gozarlos intensamente y se agradecen.
“Don’t judge your pleasures.” Lo repetí en voz baja, como quien reza un mantra. Y entendí que, en el fondo, lo que nos hace daño no es el placer en sí, sino el juicio que le ponemos posteriormente (a veces, al segundo inmediato siguiente). Nos convertimos en jueces implacables de nosotros mismos, incapaces de disfrutar sin levantar un acta de culpa. ¡Caray! Si ya disfrutaste, y mucho, si ya pasó y, como otra ley, no se puede hacer nada para modificar el pasado, juntamos los conceptos y, por salud, debemos solo enfocarnos en la dicha de haber podido vivir tanto placer. Sin juzgarlo. Y no, no se trata de irresponsabilidad ante los gastos, porque parto de tener inteligencia para el dinero. El problema es que aun así, nos han «vendido» tanto la idea de responsabilidad financiera preocupándonos tanto por nuestro futuro, ¡siempre pensando en futuro, siempre! (gracias, compañías de seguros y enfermedades «propias de la edad», gracias redes sociales, gracias publicidad, gracias periódicos), que no nos permiten concentrarnos en nuestro presente y gozarlo.
«Hoy es el ayer que tanto te preocupaba y mira qué bien estás».
Dr. Daniel Ariza Herrera
Es curioso: parece que somos expertos en sufrir. Incluso sentimos orgullo de nuestras cargas, como si el dolor fuera una medalla. Por eso se escucha tanta tragedia en las publicaciones, en las conversaciones, en los testimonios. Pero, por otro lado, parece que somos torpes en el arte de descansar y disfrutar intensamente la vida. Nos cuesta tomar una taza de té sin sentir que perdemos tiempo, o mirar el cielo sin pensar en pendientes. O gastar una enorme suma de dinero en un «gustito». Es como si la pureza del gozo nos incomodara.
Quizá por eso Dios se vale de estas pequeñas sincronías, de estos mensajes que parecen casuales pero que llegan exactos, para recordarnos su verdad: el placer también es sagrado. Porque Él, que es la fuente de todo bien, no nos creó solo para trabajar o luchar. Nos creó también para disfrutar, para asombrarnos, para experimentar belleza y descanso.
Este viaje que hice, el nivel que contraté de las experiencias, esas risas, esos momentos de silencio y contemplación, no fueron capricho ni exceso. ¡Fueron parte de la vida abundante que Dios nos promete! Y esa vida se arruina cuando dejamos que la culpa se acerque a nuestro oído a opinar.
Cerré el correo y respiré hondo.
Sentí que alguien, allá en lo alto, me guiñaba un ojo. Como diciendo: “No te castigues por ser tan feliz. Para eso también estás aquí”. Y entendí que honrar a Dios no es solo obedecer ni trabajar duro. También es dejar que la alegría desbordante nos habite, sin excusas.
Desde hoy quiero hacer mío ese recordatorio: no juzgues tus placeres. Abrázalos, concéntrate en ellos y solo en ellos, agradécelos, y vive en ellos la certeza de que son un regalo divino. Porque, al final, el placer disfrutado y compartido (placer redundante), aderezado con gratitud, no es egoísmo ni desperdicio: es un tipo de oración también.
Una oración hermosa.
¡Emoción por existir!

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🗓️Domingo 7 de septiembre. | 🕚 11:00 a. m.
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Advertencia: Esta conferencia no es para todos. Solo para quienes realmente quieren lograr sus sueños… y están listos para escuchar lo que nadie les ha dicho.
“Siete crudas verdades para lograr tus sueños”, no es una charla motivacional. Es una dosis de realidad. De la que duele… pero despierta. De esa que sacude… pero impulsa.

En esta ocasión no vas a encontrar frases bonitas. Aquí vas a encontrar verdades que nadie se atreve a decirte… pero que podrías necesitar más que nunca.
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Ven. Escucha. Confronta. Y despierta.
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Me ha dado una cátedra tan profunda del disfrute y de la culpa, le agradezco su mensaje de verdad Dr.
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Me alegro de ayudarnos a entender para vivir mejor. Saludos.
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