Límites: La Clave del Éxito Emocional y Social

No conozco un final feliz donde la persona vive sin límites.

Por eso creo que, desde tierna infancia, conviene saber la mejor dinámica que nos espera al entrar al mundo. Así, te compartiré siete transformadoras consecuencias, para bien, de vivir con límites.

Ya te digo, no conozco ninguna historia con final feliz donde alguien viva sin límites. Tarde o temprano hay consecuencias nada halagüeñas.

De hecho, en mi experiencia de casi 30 años como acucioso observador del comportamiento humano, luego de años de dar consulta, he visto que los vicios y sus deletéreas consecuencias son la consecuencia de que la persona no aprendió a limitarse. No le enseñaron. Pero luego, tampoco quiso aprender.

Sí, a limitarse, se aprende.

Vuelve a leer las cinco palabras de la frase anterior.

Cuando alguien se cree muy libre y por eso sostiene algún vicio o, peor aun, sostiene un comportamiento que él mismo no lo reconoce como vicio (pero lo es), siempre suelo invitarlo a que pruebe dejarlo. Así, como una mera prueba. Al fin, «no es un vicio», dice. Y ahí descubrirá si es libre.

Y precisamente por ello, en esta ocasión te quiero revelar, hacia el final de este artículo, siete consecuencias transformadoras, para bien, que nos sostienen como personas en paz y seguras. Algunas de ellas quizá te sorprendan. Y también, te daré cuatro sugerencias para aprender, sanamente, a vivir con límites. Te aseguro que te van a ser de enorme ayuda. Son ya años de ver pacientes y de saber de la conducta humana y hoy, aquí, te daré una condensación como pepitas de oro para ti y tus seres queridos. Por lo menos, esta es mi intención.

Ayer sucedió algo «simpático» en mi consulta. De esos momentos de ironía terapéutica. Aquí te reproduzco parte del diálogo cuando mi paciente me dijo:

—Doctor, es que no sé decir que «no». Vamos, me cuesta mucho trabajo.

Desde ese momento, ya me estaba imaginando lo que seguiría porque el paciente ya había lanzado su «racionalización» por delante. Y, efectivamente, siguió la inquisitiva pregunta al terapeuta:

—Si no quisiera salir con esta persona, porque, pues, sé que no me conviene y no debería salir…, si me insiste y me pide que vaya… ¡¿Qué le digo?! —Me preguntó ahí ya con tono de preocupación y aumentando el volumen en esas últimas tres palabras. Y me insistió: «¡¿Qué me aconsejas que le diga?!»

—Dile «no».

Se hizo un silencio.

Y dejé que se alargara el silencio un poco más. La pausa dramática necesaria e ideal para que cimbrara la contundencia de lo breve y atinado.

Ya luego, le ayudé a mi paciente, continuando:

—Así, di «No» y ya. No es tan difícil. Tú puedes. Además, fíjate en la dramática lógica: Me preguntas qué decirle a alguien que te pide salir y tú no quieres. La respuesta es «no», y ya. Con un poco de fineza, quizá un «No, gracias». La pregunta que me hiciste hoy no me la pusiste nada difícil.

Nos reímos.

En terapia suele ayudar un momento de risa, para aminorar dolor. Aun asi, mi paciente me miraba como no entendiendo —o mejor dicho, «no queriendo entender»—. Y más, luego de que ya me había dicho que no sabía decir que «No». Pues bien, aunque detecté de inmediato y anticipadamente el mecanismo de defensa, si fuera cierto que no sabía decir que «no», pues ahí estaba yo para que viviera una grandiosa oportunidad: Aprender. Y que aprendiera de la mejor manera: practicando.

Sé bien que el caso tiene mucho mayor profundidad porque se trataba de un clásico de toda psicoterapia y que, al entenderlo, empieza la «casi mágica» solución. Psicoterapéuticamente hablando, mi paciente se encontraba plenamente en

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