Alquiler del alma

Cuando entregas tu ser a cambio de afecto y seguridad.

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Hoy te quiero presentar un tema que quizá suene delicado, pero que, al final, seguramente será de ayuda para entender y mejorar nuestras vidas. Existe un drama, un conflicto invisible en los seres humanos, ¿ser auténtico o actuar por conveniencia?

La prostitución siempre se ha entendido dentro del ámbito sexual. De hecho, la definición que da la Real Academia Española es: «Actividad a la que se dedica la persona que mantiene relaciones sexuales con otras, a cambio de dinero». Hasta ahí, todo bien sabido y nada nuevo.

Pero si nos detenemos a reflexionar en esa expresión —“relaciones sexuales”— podríamos notar que especifica un tipo particular de vínculo humano. Lo cual sugiere, por contraste, que también existen otras relaciones humanas, otras formas de relación: como las espirituales.

Desde hace 28 años, cuando publiqué mi primer libro, Nueva conciencia, explicaba que, filosóficamente hablando —especialmente en la tradición escolástica— las cualidades espirituales de una persona son la inteligencia y la voluntad. Lo expuse así para no entrar en debates morales o religiosos, y hacer más accesible el concepto de “espiritual”. Siendo un tema tan inmaterial, la filosofía puede ayudarnos a entenderlo un poco más.

Dicho esto, cada vez que nos relacionamos con los demás usando nuestra inteligencia y nuestra voluntad, estamos en el terreno de lo espiritual.

¿Podríamos poner a la venta nuestra inteligencia y nuestra voluntad? ¿Habrá quien quiera comprarlas para su beneficio?

Si supones las respuestas, ya vas entendiendo el punto central de esta reflexión.

Para no herir oídos sensibles, he decidido llamar a esta dinámica «alquiler del alma», lo que podría entenderse como la actividad en la que una persona entrega su inteligencia y su voluntad a otra, a cambio de dinero o conveniencia. Es decir, el alquiler del alma es quien, por dinero, satisface los deseos de alguien más, no con su cuerpo, sino con su mente y su decisión.

He sido testigo de muchos casos así. Hijos de padres controladores y adinerados que, por conveniencia, terminan cediendo su autenticidad. Casos donde el hijo no hace lo que los padres quieren, y estos, escudados en lo “normal” o en el “qué dirán”, exigen que se comporte según sus expectativas. Si no, viene la amenaza: “Mientras vivas bajo este techo, aquí se hace (y se es) lo que yo diga”.

El hijo, al no tener aún los recursos para independizarse, entra en un clásico conflicto: su deseo de autenticidad vs. su necesidad de afecto y seguridad. Pensaría: si soy auténtico y obedezco a mi inteligencia (por lo que sé) y mi voluntad (por lo que elijo), perderé el afecto y el techo. La otra opción es renunciar a mí mismo para seguir siendo querido y mantenido.

Si elige lo segundo, está representando el rol de un alquiler del alma, por decirlo sutilmente.

Y hay algo peor: quien lo contrata es su propio padre o madre.

Casos donde actuar por conveniencia sale mucho más caro que ser auténtico.

«¿No se cuenta el amor maternal entre las cosas más “insignificantes”, pero también más imprescindibles de la vida que mucha gente—paradójicamente—ha de pagar con la renuncia a su espontaneidad vital?» —Alice Miller.

El alquiler del alma, por más dinero que gane, termina perdiendo su alma. Y quien lo contrató, peor aún: descubre, con el tiempo, que nunca tuvo a una persona real, sino a un personaje.


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Como dice la afamada psicóloga, especializada en maltrato infantil, Alice Miller en su magnífico libro, El drama del niño dotado:

«La adaptación a las necesidades de los padres conduce a menudo (aunque no siempre) al desarrollo de la «personalidad-como-si», o de lo que con frecuencia se ha descrito como el «falso Yo». La persona desarrolla una conducta en la que solo muestra lo que de ella se desea, y se fusiona totalmente con lo mostrado».

Y lo más trágico: el alquiler del alma no nace, lo hacen. Lo crea su arrendador mediante su “amor” condicional.

El resultado: una vida de depresión inexplicable. Un dolor cuyo origen está en no haber sido uno mismo, y en la imposibilidad de sentirse amado por lo que uno realmente es.

A veces, esa persona se vuelve brillante, «grandiosa» —como expresa Miller. El mejor estudiante, el más carismático, el más exitoso. Busca así, mediante la admiración de los demás, llenar ese hueco de amor no recibido. Se construye un personaje. Pero solo es apreciado por lo que representa, no por quien es.

¿Puede una persona así funcionar? A veces sí, con muchos malabares. Incluso con el respaldo condicional de los padres. Hasta que llega el quiebre: ansiedad, vacío, depresión. Y cuando llega, suele suceder que nadie entiende por qué.

¿Hay esperanza?

Sí. Se llama psicoterapia.

Solo a través del entendimiento profundo de los dolores tempranamente reprimidos pueden anularse los bloqueos emocionales.

«Sin terapia, el grandioso no puede renunciar a la trágica ilusión de confundir admiración con amor.» —A. Miller.

Y es que la mayor de las heridas, la herida de no haber sido amado por lo que uno era, solo puede sanarse si se elabora el duelo. Solo entonces se puede perdonar a quien no supo amarnos. Y es lo único y más sano que podemos y debemos hacer.

«La grandiosidad garantiza la ilusión: “Yo he sido amado”. Pero al evitar el duelo, se sigue siendo el despreciado. Pues tendré que despreciar todo cuanto en mí no sea grandioso, bueno e inteligente. Así, prolongo la soledad de mi infancia.» —A. Miller.

¿Por qué hablo de esto hoy? Porque aferrarse a ideas tradicionales sobre el amor y la moral, sin analizarlas, suele ocultar una verdad dolorosa: la de la propia historia. Y lo reprimido siempre encuentra forma de salir.

¿Y quien contrató a ese alquiler del alma? ¿También sufre? Claro que sí.

Si uno no puede ver su verdad, ni la de sus padres, ni la de sí mismo, entonces no puede amar. Solo puede actuar “como si”. Y eso no es amor: es actuación. Produce frustración, confusión, rabia oculta. Dinámicas así, las atestiguo con frecuencia.

Los adultos ya no necesitamos amor incondicional. Eso fue una necesidad infantil que, si no se dio en su momento, ya no existe otro momento para darlo. Hoy, ya como adultos, lo que necesitamos es verdad, respeto, empatía, confianza y comprensión. Eso sí. Y es suficiente.

Y eso, gracias a la psicoterapia, es posible. Quizá por eso agradezco tanto a esta hermosa y humana disciplina.

Bajo esta mirada, ¿quién no ha sido alquiler del alma en algún grado? ¿Quién no ha negociado su inteligencia o su voluntad por aceptación, pertenencia o seguridad?

Hoy solo quiero ayudarte a detectar un posible origen de un malestar que no entiendes por qué lo sientes. Como mera posibilidad.

Porque si se puede nombrar… así se puede sanar.

El alquiler del alma es una dinámica multifocal. También ocurre en lo laboral, político o religioso: personas que entregan su criterio o ética para conservar aprobación o privilegios. No lo hacen siempre por maldad o cobardía. A menudo, lo hacen por miedo. El miedo a ser excluidos, al rechazo, a la pérdida. Sí, así funciona el ser humano en etapas incipientes de su desarrollo, etapa independiente a la edad que alcance. Edad y conciencia no se implican.

Así como un niño se adapta para no perder amor, el adulto se ajusta para no perder seguridad. Cada cesión lo aleja de sí mismo.

Este tipo de sumisión silenciosa es tan común que ha sido normalizada. Se aplaude la obediencia, la “lealtad”, la conveniencia. Pero pocas veces se señala el costo interior que todo eso implica: la fragmentación del ser.

Hay quienes incluso construyen carreras enteras sobre la base de este alquiler del alma. Profesionales brillantes que piensan lo que otros quieren que piensen. Que toman decisiones no desde su convicción, sino desde el temor. Y aunque logran reconocimiento externo, por dentro llevan una tristeza inexplicable, una sensación de desconexión que crece con los años y que solo podría detenerse al conocerla y entenderla en terapia. De ahí su gran valor.

Vivir desconectado del yo auténtico genera ansiedad: ya no se sabe qué parte de uno es real y cuál fue adoptada para sobrevivir.

Sanar es recuperar la capacidad de elegir desde dentro y habitar con coherencia. Eso es verdadera libertad.

No es fácil.

El proceso de recuperar el alma alquilada conlleva duelo, culpa, miedo. Pero también tiene recompensas invaluables: la paz, la claridad, el amor auténtico. En el fondo, todos anhelamos ser amados por quienes realmente somos, no por lo que representamos.

Y eso solo es posible cuando decidimos dejar de actuar. Cuando soltamos el pacto de sumisión y nos damos permiso de volver a casa: a nosotros mismos.

¡Emoción por existir!

Alejandro Ariza Zárate

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2 comentarios sobre “Alquiler del alma

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