Tu bondad y cómo otros se pueden ofender con ella

Lo que estás a punto de leer puede transformar por completo la forma en que percibes tu bondad y cómo esta afecta tu relación con los demás. Sin más, empecemos.

Yo siempre he creído en la bondad.

Y siempre he creído en ella no como un ideal ingenuo, sino como una fuerza poderosa, capaz de transformar el mundo. Desde que tengo memoria, he intentado actuar desde el corazón, ofrecer lo mejor de mí a quienes me rodean. Pero a lo largo del tiempo, también he aprendido con cierto asombro que la bondad no siempre es bien recibida. ¿Por qué, cuando extiendo la mano con sinceridad, hay quienes la rechazan o, peor aún, la utilizan en mi contra?

Cada vez que esto ocurre, se siente como un golpe inesperado, como si la pureza de mis intenciones no bastara para protegerme del desprecio o la indiferencia. Y a veces, me he preguntado si la bondad es un lujo que no puedo permitirme en este mundo que parece premiar la dureza o, por lo menos, «no tanta bondad, no tan desinteresada». Pero entonces cierro los ojos e imagino un cristal puro y brillante bajo la luz del sol. Ese cristal, con todas sus facetas, refleja la luz y crea un espectáculo de colores y belleza. Ha pasado el tiempo y he entendido algo: para algunos, ese brillo es inspirador; pero para otros, es una provocación, un recordatorio incómodo de la oscuridad que llevan dentro. Mi bondad es ese cristal: hermoso, único, pero también vulnerable.

Vivimos en un entorno que a menudo valora la competitividad y la aparente fortaleza. En ese contexto, la bondad puede parecer debilidad. Sin embargo, yo me pregunto: ¿acaso la verdadera fortaleza no radica en mantenerse fiel a uno mismo, incluso cuando todo parece estar en contra? La bondad no es solo una elección, es un compromiso con una fuerza silenciosa, una resistencia pacífica que no necesita gritar para ser real. Sin embargo, también he aprendido que esta fortaleza no siempre es entendida. Con frecuencia, es malinterpretada.

Hace mucho tiempo escuché a un pastor expresar una bella metáfora: A veces, la bondad es como una rosa floreciendo en el desierto. Su fragancia es un regalo, algo que no espera nada a cambio, pero en un entorno hostil, donde todo lucha por sobrevivir, esa fragancia puede ser vista como una debilidad. El mundo no siempre reconoce la belleza de la amabilidad ni su importancia. Pero eso no significa que deje de ser valiosa.

Recuerdo momentos en los que ofrecí ayuda desinteresadamente y recibí indiferencia. O peor aún, cuando mi generosidad fue vista como una oportunidad para que alguien tomara ventaja de mí. En esos momentos, la duda se filtró en mi corazón. ¿Vale la pena ser bondadoso cuando el mundo parece tan insensible? Pero con el tiempo he comprendido algo fundamental:

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