Sorprendido con Su voz en el silencio


—Hoy sí me dejaste callado. Y mira que el adjetivo parece una ironía para lo que acabo de vivir.

Sentí que Dios sonreía y me dijo:

¿Te gustó?

—Me sorprendió. Por un instante hasta sentí un poco de temor.

El humano suele temer lo que no entiende.

—Ah, pues entonces, sentí un temor perfecto en ese instante.

Querido lector, déjame ponerte en contexto.

Hoy por la mañana iba pasando cerca de mi chimenea donde tengo un hermoso cuadro con la imagen de «La Divina Misericordia». Algo me hizo acercarme y recargarme en mi chimenea, clavando mi mirada directa en los ojos de Jesucristo, y le dije claramente con mi pensamiento, palabras que escuché claramente dentro de mí: «¿Por qué tanto silencio, Señor? A veces, cuánto me gustaría que hablaras, pero veo tu imagen, tan quieta, tan en absoluto silencio… en fin. Aunque he de aceptar que, a momentos, viendo tus ojos, siento que me hablas. Es confuso. Mucho silencio. Me encantaría que me hablaras».

En ese momento me dirigí a mi cocina, me senté para tomar mi café y en ese instante noté cómo mi celular me enviaba una notificación de que era hora de abrir mi aplicación de la Biblia. La abrí y lo primero que me apareció fue el Salmo 19:1-6:

«Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento despliega la destreza de sus manos. Día tras día no cesan de hablar; noche tras noche lo dan a conocer. Hablan sin sonidos ni palabras; su voz jamás se oye. Sin embargo, su mensaje se ha difundido por toda la tierra y sus palabras, por todo el mundo.
Dios preparó un hogar para el sol en los cielos, y este irrumpe como un novio radiante luego de su boda. Se alegra como un gran atleta, ansioso por correr la carrera. El sol sale de un extremo de los cielos y sigue su curso hasta llegar al otro extremo; nada puede ocultarse de su calor».

Me quedé en «shock».

¿Ves cómo sí te hablo?

—¡Qué atinado eres cuando dices «¿Ves…?, para escucharte»!

Dios sonrió.

—No habían pasado ni 10 segundos en que te acababa de decir por qué tanto silencio y que cuánto me gustaría escucharte.

¿Y ya notaste cómo me lo dijiste? Porque yo tampoco escuché tu voz. Ni abriste tu boca. Sin necesidad del sonido de palabras, te estabas comunicando perfectamente conmigo y te escuché. Tanto, que te respondí.

Me quedé un momento impávido. Otra vez. Cierto. Así fue.

—Ay Señor, no sé qué decir.

Yo creo que sí sabes, y lo sabes muy bien. Y me alegra que platiquemos un ratito aquí con tu asombro. Es comunicación que quita sombras.

—No, bueno, y en este momento me está cayendo el veinte de que acababa de leer minutos antes algo acerca de Virgina Woolf… ¡donde también me estás explicando!

Cítalo

«Gran parte de cada día no se vive conscientemente». —Virginia Woolf, Moments of Being.

En un hermoso artículo de Álvaro García, donde explica cómo (sic.) «Woolf sentía que la vida se nos escurre en la rutina, en el ir y venir de las horas. Pero de vez en cuando, algo se ilumina. Un instante se vuelve nítido, como si el mundo parase y solo una cosa importara. Ella los llamaba «momentos de ser». La luz temblando sobre una taza de té. Un ramo de flores comprado por la mañana. Una conversación escuchada al azar en la calle».

«La vida misma, cada momento de ella, aquí, en este instante, ahora, bajo el sol, en Regent’s Park, era suficiente. Demasiado, de hecho». —Virginia Woolf, Mrs. Dalloway.

—¡Qué impresión Dios mío! «Demasiado suficiente».

Qué hermoso es escucharnos así, ¿verdad? Solo tienes que recordar que no siempre te voy a hablar como aquí en nuestros diálogos que publicas, donde escuchas mis palabras y las plasmas conforme te las dicto. Yo tengo muchas maneras de comunicarme con ustedes. Y eso, lo pueden sentir. Como más de uno de tus lectores lo están experimentando ahora.

—Señor, y es que, para colmo, ¡las palabras que venían de introducción en el devocional que abrí al entrar a la cocina, antes del salmo, ahora me sorprenden más!

Adelante, compártelas aquí.

«Estos versículos hablan de la naturaleza, una declaración acorde a la gloria de Dios. Incluso sin tener la capacidad de expresarlo con palabras, podemos observar la naturaleza y ver los destellos del carácter de Dios. Podemos ver su sabiduría en las estaciones, en el proceso de crecimiento, muerte, vida, hambre y sed. Hay días en los que la presencia de Dios parece distante. Pero si estás dispuesto a detenerte un momento, a salir de las cuatro paredes en las que te encuentras y respirar hondo empapándote de la naturaleza que te rodea, puede que descubras un recordatorio de quién es Dios. Puede que los cielos te revelen un conocimiento.
«Sale de un extremo de los cielos y, en su recorrido, llega al otro extremo, sin que nada se libre de su calor». Esta declaración del sol es un recordatorio tierno y poético de que no hay lugar al que puedas ir donde la presencia de Dios no esté a tu disposición. No hay nada desprovisto de su calor. Quizá hoy, si el tiempo te lo permite, sea un día en el que puedas sentir el calor del sol en tu rostro a medida que comienzas…».

En ese momento me levanté y fui a que me dieran los rayos del sol en mi cara.

Sentí un profundo agradecimiento por entender Su calor. El calor de su comunicación tan clara y directa.

La luz del sol, que por doquier está, me hizo entender, quizá como nunca, dónde está la comunicación de Dios.

¡Por doquier!

Me alegra mucho.

—El alegrado soy yo.

También inspiré al pastor para que empezara su escritura con esas tres palabras

Me regresé a leer.

«Estos versículos hablan…»

—¡Dios! ¡No me había dado cuenta!

Por eso te inspiré para que escribieras esto aquí, nuestra comunicación, nuestro diálogo de hoy.

—Es que son esas tres simples, pero poderosas palabras, con las que hasta hoy estoy empezando a entender eso de que leyendo la Biblia tú nos hablas. Muchos expertos lo dicen, pero esa afirmación, la verdad, la sentía casi como mero adorno para iniciar alguna lectura.

No. No es así. Ya viste. Ya lo sentiste. Hoy ha sido una gran lección para ti.

—No sé qué decir.

Dios volvió a sonreír.


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