
Vivimos en tiempos donde parece que cada vez más se glorifica la idea de “no hacer nada y ganar dinero”. Ya no se sueña con amar lo que uno hace, sino con no tener que hacer nada. Se nos vende el ingreso pasivo como la cumbre de la libertad, el premio mayor del juego económico, como si vivir sin trabajar fuera el estado ideal del ser humano. Y lo más alarmante: muchos lo creen.
Por si no sabes qué es el «ingreso pasivo» es el dinero que se gana de forma constante sin necesidad de trabajar activamente todo el tiempo para obtenerlo. A diferencia del ingreso activo —que depende de tu presencia y esfuerzo directo, como un sueldo o consultas—, el ingreso pasivo sigue llegando incluso si no estás trabajando en ese momento. Estos serían unos ejemplos de ingresos pasivos:
- Rentas de bienes raíces (por alquilar una propiedad).
- Regalías de libros, música o cursos grabados.
- Ingresos por inversiones (como dividendos de acciones o intereses bancarios).
- Dinero generado por sistemas automatizados, como páginas web que venden productos digitales sin tu intervención diaria.
Hace muchos años, ese ideal se disfrazaba de los negocios de redes multinivel —de hecho, se sigue pensando así—. Más tarde, de productos digitales automatizados. Hoy en día, tiene el brillante y atractivo rostro de la inteligencia artificial. “Haz que la máquina lo haga todo”, te dicen. Y tú solo cobras. ¿De verdad? Hum… quizá algunas veces muy bien planeadas. Pero, —y aquí un gran «pero»—, ¿ese es el propósito más elevado de nuestra vida? ¿Tu objetivo más atractivo es evadir la acción? ¿»Tercerizar» nuestra existencia?
Me parece urgente alertar para quienes viven en esa ilusión, el burro tras de la zanahoria, que detrás de ese anhelo se esconde un veneno: el vacío.
Te afirmo lo anterior, porque en la vida real y sana no se trata solo de ganar dinero. Se trata de disfrutar hacerlo y merecerlo. El alma humana necesita, imperiosamente, trabajar para dignificarse, para sentirse viva, para sentirse útil. Y trabajar no necesaria y únicamente en el sentido de sudor y sufrimiento, sino en el de propósito, en el de una apasionada entrega, en el sentido de vivir el placer transformador de la concentración, incluso luego, el de la donación.
Quizá más de uno no esté preparado todavía para entender a cabalidad la siguiente categórica afirmación (con todo respeto): Trabajar no es un castigo; es un llamado. Es, cuando se hace con amor, una forma de oración activa.
Desde que publiqué mi libro, Cree en ti, mostré la abismal diferencia de percepción que tienen del trabajo Carlos Marx y Jalil Gibrán. Claro, dos niveles de conciencia infinitamente distintos alcanzan a percibir infinitamente diferente un mismo objeto. No te pierdas ese capítulo de «El trabajo». Mientras que Marx piensa que el hombre huye del trabajo como de la peste y justifica el porqué, el otro, Gibran afirma que el trabajo es amor manifestado.
Hoy te quise hablar de este tema con la autoridad que represento al yo ser un empresario y profesionista que ha logrado tener ingresos pasivos y sigo teniendo ingresos activos. Sé de lo que hablo. Y a estas alturas de mi vida, ya sin nostalgia o inocente motivación.
Confieso que, a mí mismo, durante años me emocionaba poder decir que “no trabajaba”. Pero en una honesta mirada retrospectiva de mi vida, lo decía porque aquello que me daba sustento me encantaba tanto, que no lo sentía como trabajo. Trabajar sin ser consciente de que se está trabajando era, y sigue siendo, una dicha. La dicha de vivir en y de mi don. Pero que no me costara sufrimiento —ingrediente que hace consciente al trabajo, incluso tornándolo desagradable— no significó jamás que no trabajara. En esta relectura de mi vida observo con rotunda evidencia que ¡he trabajado intensamente! Incluso en esos negocios que prometían ganar ya sin trabajar. Eso dura poco, muy poco. Pero otra cosa es cuando uno está en plena vocación, es cuando uno entra en ese estado de “flow” —como lo describen los psicólogos— donde la conciencia del tiempo desaparece y el hacer se vuelve gozo. Eso es trabajo con sentido. Y eso jamás te lo va a dar un ingreso pasivo.
Jamás.
Hay una enseñanza poderosa de la Kabalá que ilustra esto con claridad: el concepto del “pan de la vergüenza”. Dice esta sabiduría ancestral que cuando el alma recibe algo que no ha ganado, siente una vergüenza profunda. Como si estuviera comiendo un pan que no ha sembrado, ni cosechado, ni horneado… ni merecido. Lo no merecido erosiona el alma. Y por eso, incluso en los planos más elevados, se entiende que el alma vino a este mundo a trabajar, a hacer, a construir y a disfrutar el merecer. No a recibir todo servido.
El holgazán, sin saberlo, tiene un ideal de auto-abandono. Se ilusiona con estar, sin ser. Se emociona por beber la exquisita bebida de lo fácil, creyendo que es libertad, sin darse cuenta que es un veneno. Por ello, sin te fijas, todos los ilusionados con no trabajar y así ganar grandes sumas de dinero, tienen una sombra en su existir que muchas veces se manifiesta en sus vicios o en como trata a los demás. Para el apasionado y ferviente promotor de los ingresos pasivos como única fuente de ingresos, al imaginarla como la ideal, por el atractivo de la libertad total, le llegan días de ocio, y los oculta. Porque, tarde o temprano, descubre que hablar de ellos lo denigra frente a los demás. Ese «exitoso» se aburre, avergonzado, en privado. La holgazanería aderezada de ambición es intentar encontrar un cachito de cielo en el infierno. Tarde o temprano el ocio engendra el vicio. Yo, como psicoterapeuta, entiendo perfectamente el vicio en esos casos, es la estrategia de la evasión de un dolor del que no se habla, de un vacío. Consecuencia casi natural. La llegada de un camino recorrido. Yo conozco personas de este perfil, y hasta en la elección de su pareja he observado un patrón. Eligen mujeres —o del género al gusto— inútiles y que solo se dediquen a servirles a cambio de mantenerlas. Y es que imagínate que tuvieran una pareja emprendedora, apasionada de trabajar en lo que le encanta. Sería una ofensa de confrontación diaria. El holgazán elige a similares para no percibirse tan perezoso. Crea un contexto donde esconder la culpa. Sí, sí, sí, sé que hay honrosas excepciones. En esa ocasión solo quise compartir lo que he observado casi como regla. Si todavía tienes duda, observa a un político promedio, ese espécimen que vive del verdaderamente inacabable ingreso residual, de la máquina de cobrar impuestos. Observa su comportamiento y compáralo con mi descripción de hoy. Este tema da para mucho más, pero alguien ya tenía que poner el dedo en la llaga, sutil y amablemente.
De esta manera, cuando se busca el ingreso sin esfuerzo, cuando se huye del trabajo como si fuera lepra, sin saberlo, se está llamando a gritos a la insatisfacción. Sí, se puede tener ropa de grandes marcas y diseñador para vestir a un don nadie, se pueden tener lujos sin sentido ni orgullo de verdadero logro, sí, existen maneras de generar dinero, pero sin alegría auténtica, se pueden tener días sin ocupación… y noches sin paz.
Decía Platón —o al menos así se le atribuye— una frase demoledora:
“No toda acción produce felicidad, pero no hay felicidad sin acción.”
Y ¡cuánta razón! El alma no se sacia con estar tumbada viendo cómo el dinero llega, por más que llegue. El alma quiere hacer. Nuestra semejanza con Dios quiere crear, transformar y contribuir. Hay una dignidad que solo se experimenta al saber que uno es verdaderamente útil, que ha aportado valor, que ha puesto en juego su talento y ha sido recompensado por ello. Solo quien lo vive lo entiende y lo procura como sentido existencial.
Hoy, muchos quieren que la inteligencia artificial les escriba, les pinte, les piense, les resuelva… ¿Pero de qué te sirve ganar dinero con todo eso si nunca te divertiste haciendo nada de verdad con tus propias manos, tu inteligencia, tu sensibilidad? Disculpa el siguiente grotesco ejemplo, pero que juzgo harto gráfico y esclarecedor: es como ver una escena en donde una pareja está haciendo el amor, viendo en una pantalla, y ¡pensar que eso equivale a hacerlo! ¡Y claro que no! El verdadero gran placer está en hacer, no en mirar, aunque mirar te estimule. Y peor aún si prefieres que otro lo haga por ti.
El sentido y el placer suceden en el hacer.
Aclaro: no estoy en contra del ingreso pasivo. ¡Por Dios, si lo tengo y de varias fuentes! Pero he de afirmarte que es una bendición cuando es consecuencia de un esfuerzo previo bien hecho. Puede dar libertad… pero para explorar nuevos niveles de contribución, con mayor paz y seguridad. Pero, cuando el ingreso pasivo se convierte en un objetivo en sí mismo, se vuelve una trampa existencial. Por eso estoy tan de acuerdo con Octavio Paz cuando prologando Las enseñanzas de Don Juan, dijo: «Cuando el medio se vuelve fin, se convierte en agente de destrucción».
No hay plenitud sin esfuerzo vocacional. No hay gozo sin merecimiento. No hay manera de desarrollar autoestima y habilidades al nivel de un experto sin practicar el oficio o la profesión intensamente, todos los días. Algún ingreso pasivo puede —y debe— ser un destino, pero el ingreso activo es el camino. Hay que hacer para disfrutar el merecer. Y créeme, ese trabajo confiere sentido existencial, nos llena de propósito y empezamos a caminar por la vida sabiendo y disfrutando el motivo por el que llegamos a ella.
El ingreso pasivo es un exquisito postre. Delicioso. Hay que comerlo y disfrutar de él. Pero nunca debe ser el plato fuerte de tu vida.
¡Emoción por existir!

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