
¿Y si lo único que nos mantiene con ganas de vivir es una mentira hermosa? Estuve reflexionando profundamente sobre esa idea, filosofaba, y hoy quiero compartir contigo lo que descubrí. Porque sí, soy un optimista, pero ¿acaso será un «gran optimismo» un posible error ante las realidades de la vida?
Cavilando alrededor de esa idea, recordé una inolvidable anécdota. Vivía yo una etapa temprana de mi vida profesional, cuando fui invitado a dar clase en la naciente Universidad Marista, concretamente en la facultad de Derecho. Debía de haber tenido unos 22 años en aquel entonces. Otra de esas cosas extrañas de mi pasado. Yo, era estudiante de Medicina y alcanzaba a dar clase de «Métodos de estudio» en la Escuela de Derecho. ¿Qué hacía yo ahí? Pues los misteriosos hilos que se seguían tejiendo por mi prestigio con los maristas sucedido por cómo di clase en su preparatoria desde mis 18 años de edad, algo que comparto en mi libro, Lo inexplicable ante mis ojos (próxima publicación, pero ya publicados los primeros capítulos aquí en mi blog). La verdad, nunca hablé de esos temas, sino de los que a mí ya me empezaban a apasionar en materia de desarrollo humano y superación personal. Aún lo recuerdo con claridad: llegaba puntual al aula asignada, justo después de que un maestro muy particular —un filósofo existencialista, pesimista hasta el tuétano— concluyera su sesión. Sus clases dejaban al grupo en una especie de pantano emocional. No era raro que los estudiantes salieran cabizbajos, con el alma encogida. A veces, me enteré, ¡hasta recomendaba considerar el suicidio como opción filosófica legítima, e incluso deseable! Y ahí luego, entraba yo, con mi energía a flor de piel, con mi alegría desbordante, con mi natural manera de hablar del sentido de la vida, la motivación, el propósito, las posibilidades ocultas en todo fracaso. Empezaba como «motivador».
Recuerdo que una muy querida amiga de entonces, Mónica, solía decirme con tono de alivio:
—“Ay, qué suerte que tú llegas después de esa clase que nos da el filósofo. Nos rescatas, de verdad que nos levantas.”
Y no exagero al compartirte lo que me decía. De verdad, algo sucedía, algo cambiaba en el ánimo del grupo con mi sola presencia. Hoy, tantos años después, me atrevo a pensar que ese contraste tan marcado entre el desencanto profundo del pensamiento filosófico y la energía vital del entusiasmo fue un gran ejercicio que me confirmaba mi vocación como orador motivacional. Empezaba a descubrir que decir palabras con fe, con sentido, con visión optimista, podía literalmente elevar la energía de los oyentes, elevar el espíritu, en aquel salón, casi rescatar almas. Sí, yo empezaba y hace años mi estilo de oratoria era de muy alto impacto. Confieso que hoy, ya no es así. Y precisamente más adelante te diré por qué —aunque siguen siendo muy buenas mis conferencias, eh—.
Filosofando y al paso de los años, ya puedo afirmar que no todo es tan simple.
Hace unos días, estudiaba el libro The Obstacle Is the Way, y me encontré con dos conceptos profundamente estoicos:
- El premeditatio malorum: la práctica de imaginar todos los males posibles para, llegado el caso, no ser sorprendidos por ellos.
- El amor fati, esa aceptación amorosa, sin condiciones, del destino tal como viene, incluso percibiéndolo como adecuado para mejorar.
El premeditatio malorum me hizo recordar a un psiquiatra que estudié hoy cuando afirmaba categóricamente que el verdadero origen de la depresión es «la sorpresa» de una pérdida, así en resumen. Pero hacía énfasis en el factor sorpresa para que dañara nuestro ánimo. Estoy de acuerdo. Así, encontré sinceramente valiosa esta técnica estoica. Mejor imaginar lo peor para que, si sucede, no nos tome por sorpresa. La depresión no sería tanta. Y sí, esta postura empieza a languidecer, por inteligencia, al optimista, por lo menos al optimista casi maníaco. Los hay. Yo lo era. «Era».
Esas ideas estoicas resultan duras, crudas, como talladas en mármol frío, pero que despiertan admiración cuando le metemos cabeza a la emoción. En los estoicos hay una clara renuncia al autoengaño. Hay una lucidez que tiende a aplastar al optimismo. Ellos sabían del dolor, del fracaso, de la muerte, y decidieron mirarlos de frente sin pestañear. Pero —y aquí un gran «pero»—, ese mirar al abismo no los llevaba al suicidio, sino a una forma radical de libertad interior. ¿Será ese el auténtico optimismo? Es decir, ¿será un «optimismo más realista»? Yo voy empezando a creer que sí.
Ayer por la mañana leí un artículo del psiquiatra Francisco Traver, y una frase me atravesó como rayo:
“Probablemente es cierto que el suicidio es el único problema filosófico realmente importante y no tanto responderse a la pregunta: ¿por qué la gente se suicida?, sino a esta otra: ¿qué nos induce a seguir vivos?”
En ese momento recordé mi anécdota dando clase en la Universidad Marista, pero, al mismo tiempo, lo que he podido vivir recibiendo y dando terapia.
Me impresionó. Sí. Si al nacer lo único que tenemos como absoluta certeza es morir, es la única certeza en toda una vida de meras probabilidades que nadan permanentemente en la incertidumbre, ¿por qué deseamos seguir vivos? En un mundo lleno de pérdidas, adversidades, traiciones, enfermedades y decepciones, ¿por qué insistimos en la vida? ¿Qué fuerza nos mantiene con el rostro vuelto al sol, incluso cuando el cielo amenaza tormenta?
Aquí va mi respuesta, luego de un profundo pensar…
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Para algunas personas, el temor de ir al Infierno, es lo unico que los detiene del suicidio, de ir de «guatemala» a «guatepeor». Y despues de ese miedo lo unico que queda es seguir adelante.
gracias por compartir sus reflexiones estimado Dr. Alejandro.
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Qué tremendo, ¿verdad? Gracias por tu comentario. Muy veraz.
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